sábado, 3 de diciembre de 2016

Marvel y las gemas del infinito


Doctor Strange pegó fuerte en los cines estos días y representó la película N°14 dentro del Universo Cinematográfico de Marvel. Además de ser una hipnótica aventura con poderosos hechiceros, tuvo la particularidad de presentar una nueva gema del infinito y, además, llamarla por su nombre (cosa que no quede ningún lugar a dudas).


¿Qué son las Gemas del Infinito y por qué son importantes para la historia que se está contando en las cintas de Marvel?  Todo eso y más, en esta nota.

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#SpoilerAlert: evidentemente, si no venís siguiendo las películas de Marvel (y menos si todavía no viste Dr. Strange) pueden llegar a aparecer pequeños spoilers.

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Marvel ya entró en la Fase 3 de su Universo Cinematográfico y todas las líneas argumentales nos están llevando, poco a poco, hacia el gran climax que se va a vivir en Avengers: Infinity Wars. El hilo conductor es el villano Thanos y su incesante búsqueda de las Gemas del Infinito.

Se trata de seis piedras con poderes inmensos que han ido apareciendo a lo largo de los años en los cómics de Marvel. Quien se haga con todas ellas, puede juntarlas en el artefacto conocido como “El guante del infinito” (Infinity Gauntlet) y obtener tanto omnisciencia como omnipotencia, básicamente convirtiéndose en el Dios de todos los Universos.

La primera de ellas (la Gema del Alma) hizo su aparición en el comic Marvel Premiere #1 de 1973.


Se les puede discutir mucho a las películas de Marvel (que van a lo seguro, que utilizan más o menos la misma fórmula ganadora siempre, que sus villanos nunca son interesantes, etc) pero hay que admitir que fueron construyendo cuidadosamente un gran universo interconectado. El estudio fue introduciendo poco a poco, con sutileza, sin prisas, casi todas las Gemas del Infinito.

Una jugada astuta fue no anunciar con bombos y platillos la existencia de estas piedras del infinito en las películas. La fueron jugando con mucha tranquilidad. Eso hizo que el público general fuera enterándose con el tiempo, a medida que las historias avanzaban y uno iba atando cabos. 

Hoy ya tenemos la certeza de 5 de las 6 piedras y es el hilo argumental que une a todas las narrativas.

A Thanos se lo vio por primera vez en la escena post-créditos de The Avengers (2012). De esa forma, se reveló que había sido el titiritero detrás de la invasión de los chitauri a la Tierra. La historia detrás de las piedras se explicó en Guardianes de la Galaxia (2014), una película que muchos (yo me incluyo) consideran la mejor de la saga hasta ahora.

En esta galáctica aventura, El Coleccionista (Benicio del Toro) explicó qué era el artefacto escondido dentro de la orbe violeta que todos perseguían y brindó el relato del origen de las piedras. Resulta que fueron seis singularidades que existían antes del Big Bang, y se comprimieron en estas piedras cuando el universo comenzó.

Thor identificó las cuatro primeras gemas del Universo Marvel durante una visión extraña que tuvo en Avengers: Era de Ultrón (2015). A su vez él hizo énfasis en la inminente amenaza que representa su reaparición.

Veamos qué poder tiene cada piedra, donde aparecieron y cuál es su paradero actual.

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La Gema del Espacio (azul) / El Tesseract

Primera aparición: escena post-créditos de Thor (2011) y en Capitán América (2011).

El villano Red Skull (Hugo Weaving) y sus aliados de la organización Hydra utilizaron el Tesseract como fuente de poder. Puede distorsionar el espacio para abrir portales (agujeros de gusano) entre universos y, potencialmente, transportar a sus usuarios o permitirle a alguien estar en muchos lugares al mismo tiempo (si bien estas últimas dos cosas no se vieron en las películas, sí en los cómics). En la película de Los Vengadores, Loki utiliza la piedra para abrir el portal que permite al ejército Chitauri atacar a la Tierra.


Paradero actual: está en Asgard, protegida por Heimdall, el gran guardián nórdico que interpreta Idris Elba.

La Gema de la Realidad (roja) / El Aether

Primera aparición: Thor: el mundo oscuro (2013)

Este arma en forma de fluido es capaz de destruir los Nueves Reinos y regresar el universo a un estado antes del Big Bang. El elfo oscuro Malekith intentó utilizarla en la segunda entrega de Thor. La visión de Thor confirmó que se trata de la Gema de la Realidad, ya que el Aether se vio consolidado en una piedra roja.


Paradero actual: la gente de Asgard llevó la gema hasta El Coleccionista, en un intento de separarla del Tessaract. No es una buena idea tener muchas piedras en un mismo lugar.

La Gema de la Mente (amarilla) / El cetro de Loki

Primera apariciónLos vengadores (2012).

Thanos le dio el cetro a Loki para que pueda controlar la mente de las personas y proyectar energía. Antes de los eventos de Era de Ultrón, el artefacto había caído en manos de Hydra, donde nos enteramos que el barón Wolfgang vos Strucker lo estuvo utilizando para hacer experimentos con humanos. Los únicos sobrevivientes fueron los hermanos Quicksilver y Scarlet Witch.

Más tarde, Tony Stark recuperó la piedra y la utilizó (en secreto) para desarrollar la inteligencia artificial Ultrón. Luego de que la profecía le reveló a Thor la naturaleza de las piedras, la utilizaron para crear a Vision, fijándola en su frente.


Paradero actual: la piedra está en la frente de Vision. Como sabemos que Thanos va a conseguir el guante del infinito (por cuestiones argumentales, claro) es muy probable que termine matando a Vision para hacerse con la gema.

La Gema del Poder (violeta) / El Orbe

Primera aparición: Guardianes de la Galaxia (2014)

Peter Quill (Starlord) robó el orbe al principio de Guardianes de la Galaxia, lo cual hizo que esté en la mira de todos los secuaces de Thanos porque (obviamente) no sabía que el artefacto tenía una Gema del Infinito en su interior. La piedra violeta es capaz de destruir la vida de un planeta entero. Si bien los mortales no pueden utilizarla sin ser destruidos, Ronan el Acusador se la bancó lo suficiente para intentar destruir el planeta Xandar.

Esta fue la primera Gema en ser reconocida como tal dentro del Universo Marvel. Cuando se ubica en el Guante del Infinito pueda mejorar el poder de las otras cinco piedras.


Paradero actual: la piedra está en Xandar, custodiada por los Nova Corps.

La Gema del Tiempo (verde) / El ojo de Agamotto

Primera aparición: Doctor Strange (2016)

Muchísimos fans descubrieron antes de tiempo que la película protagonizada por Benedict Cumberbatch iba a presentar la quinta Gema del Infinito. Es la fuente de poder del artefacto conocido como “Ojo de Agamotto” (que Stephen Strange cuelga del cuello) y permite alterar líneas temporales, manipular el tiempo, regresar en el tiempo, alterar la velocidad del mismo, etc.


Paradero actual: está en la biblioteca de Kamar-Taj, Nepal, defendida por Wong y Stephen Strange.

La Gema del Alma (naranja)

La última Gema del infinito no hizo su aparición aún, pero se cree que habrá alguna pista importante en Thor: Ragnarok, esperadísima película que se estrena el año siguiente.

En las redes ya hace un buen tiempo que surgió la teoría (ahora sí estamos meramente especulando) que la primera letra del nombre en inglés de cada artefacto relacionado con una Gema del Infinito permite formar la palabra THANOS.

No sé si será verdad o no, pero la teoría tiene mucha fuerza. De ser así, el artefacto que contenga a la Gema del Alma tiene que necesariamente arrancar necesariamente con la letra “H”:


La Gema del Alma habilita al portador a tener control sobre las almas de vivos o muertos. Esta gema es autoconsciente y, de hecho, se alimenta de almas. 

La teoría favorita apunta a que la piedra estaría contenida en el martillo (Hammer) de Thor. Otras apuntan al personaje de Heimdall. Por otro lado, se cree que la villana de la tercera película de Thor sería Hela (la diosa asgardiana del infierno), por lo que tiene sentido que sea ella quien tenga la piedra.

Habrá que esperar y ver.

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jueves, 1 de diciembre de 2016

Roger Ebert y la crítica de cine


Cualquier persona que, como yo, disfruta debatir el cine, discutirlo, interpelando o realizar críticas por escrito, seguramente escuchó el nombre “Roger Ebert”. El periodista americano (que falleció en el año 2013) es universalmente considerado uno de los más importantes críticos de cine de la historia.

En esta nota quiero resaltar un par de enseñanzas claves que dejó sobre cómo hacer críticas de cine, algunas que me parecen fundamentales a la hora de buscar argumentar sobre la calidad de una película.

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Un cacho de historia

Roger Ebert fue historiador de cine, guionista, escritor y periodista. En 1975 se convirtió en el primer crítico de cine en llevarse un Premio Pulitzer. Era una eminencia y su voto pesaba, a tal punto que podía balancear el éxito de una producción cinematográfica.

Con la llegada de Internet, comenzó a colgar sus reviews en su página personal (http://www.rogerebert.com/) pero sus opiniones eran también llevadas a más de 200 diarios de Estados Unidos y el exterior. 

Es muy loco pensar que cada nuevo estreno se medía ante la opinión de Ebert.

En cuanto a sus influencias tempranas de la crítica de cine, en una de sus biografías (Mad About the Movies, 1998) él describe que aprendió a ser crítico leyendo la revista Mad. Mad se hizo famosa por sus parodias de la cultura pop, y Ebert comenta que eso lo hizo consciente de “la máquina dentro de la piel”, es decir, la forma en la que un largometraje puede verse original desde afuera, mientras que internamente está reciclando las mismas viejas y aburridas fórmulas.

Un acercamiento relativo

Lo que siempre me resultó rescatable de Roger Ebert es que se acercaba a las películas de forma relativa, no absoluta. Cuando uno se pregunta si Hellboy (2004) es buena, es un error gravísimo compararla con Río Místico (que salió por la misma época). En todo caso hay que preguntarse si Hellboy es buena en comparación a The Punisher (2004), las películas de Batman o las de Superman. Comparar Hellboy con Belleza Americana es tan improductivo como decidir si es mejor una pizza o una milanesa.

Las críticas tienen que ser relativas al género al que pertenecen. Ebert también explica que tienen que ser relativas a lo que buscan mostrar (a sus intenciones, expectativas, a su público) y también al momento en el que uno ve la película. Existe el derecho a cambiar de opinión, porque uno también madura en diferentes cuestiones, se sigue replanteando cosas y, últimamente, continúa repensando las películas en relación a otras.


Mis lectores saben que tengo una fan-page con reviews que considero mis "apreciaciones personales" y comentarios breves sobre una película. En estas “críticas express” busco no arruinar  demasiado la trama y rescatar lo más relevante. Más que un "me gustó" o "no me gustó", mi objetivo es poder argumentar "vale la pena por esto y lo otro", "es memorable porque…" "me hizo sentir tal cosa".

Así y todo, hay veces que he cambiado mi pensamiento completamente con respecto a mi review inicial. En esta nota ya comenté que me pasó exactamente eso con Cabin in the Woods, una producción que odié la primera vez que la vi y hoy la considero una puta obra maestra.

Roger Ebert también tenía la (buena) práctica de revisitar y revisar sus opiniones. Con el paso del tiempo, por ejemplo, el crítico fue haciendo reevaluaciones de sus primeras impresiones de producciones como E.T., Raiders of the Lost Ark y Pulp Fiction, que luego consideró de lo mejor que le había pasado al cine.

Su sistema de cuatro estrellas

El crítico daba una calificación de cuatro estrellas a las cintas que considerada de máxima calidad, media estrella a las de menos calidad y cero estrellas a películas “artísticamente ineptas” o “moralmente repugnantes”. Un ejemplo notable fue su crítica de The Human Centipide. Esta fue su conclusión:

«I am required to award stars to movies I review. This time, I refuse to do it. The star rating system is unsuited to this film. Is the movie good? Is it bad? Does it matter? It is what it is and occupies a world where the stars don't shine

De todas maneras, Ebert enfatizó que su sistema de cuatro estrellas tenía poco sentido si uno no leía sus palabras al respecto. Que colocara tres estrellas a una película no necesariamente significaba que la recomendaba o que la hubiese disfrutado especialmente.

Tomemos el caso de su opinión de The Longest Yard (2005), con Adam Sandler. Inicialmente le dio 3/4 estrellas explicando que:
«"The Longest Yard" more or less achieves what most of the people attending it will expect. Most of its audiences will be satisfied enough when they leave the theater, although few will feel compelled to rent it on video to share with their friends. So, yes, it's a fair example of what it is

Es decir: la película “cumple” aquello para lo que fue concebida (un entretenimiento pasajero). Sin embargo, Ebert recomendó a sus lectores no ver la película porque podían acceder a experiencias cinematográficas mucho más ricas. De hecho, luego agrega (en ese mismo review):
«I would however be filled with remorse if I did not urge you to consider the underlying melancholy of this review and seek out a movie you could have an interesting conversation about. I have just come from 12 days at Cannes during which several times each day I was reminded that movies can enrich our lives, instead of just helping us get through them

Un crítico polémico

Una de las cosas más maravillosas del cine es la amplísima variedad de debates que puede generar. No todos amamos los mismos géneros ni disfrutamos de la misma forma una historia. Algunas nos llegan de forma personal por la temática que exploran, otras nos resultan meramente pasajeras. A mí hay películas que me han cambiado mi forma de ver la vida (literalmente) y que, sin embargo, nadie conoce. Para algunos el cine es escapismo, y para otros es un arte que puede enriquecer la experiencia de estar vivos.

Así que (es obvio) Roger Ebert tuvo tantos seguidores como enemigos, y muchas veces se encontró en el centro de la controversia. Un caso llamativo es el de las películas de terror. Muchas veces acusado por fans por ser “elitista”, por considerar que todas las películas de adolescentes semidesnudas que mueren a manos de asesinos seriales o fantasmas eran nefastas.

A The Master (2012) le dio sólo 2 estrellas y media, dijo que los “videojuegos nunca van a ser una forma de arte”, calificó a La amenaza fantasma (1999) con su puntuación máxima, twitteó que preferiría ser llamado “negro” que “esclavo” y le dio sólo una estrella a cintas maravillosas como The Raid (2011), Blue Velvet (1986) y Kick Ass (2010).

Hablamos de un tipo que ama el cine, ama ver películas y nunca se vendió. Me parece perfecto que haya odiado largometrajes que a mí me parecen de mucho valor. Hay que tener huevos para hacerlo y, al final del día, no deja de ser una opinión subjetiva sobre su experiencia personal. Lo importante, creo, está en el argumento.

Es decir: decime que Blue Velvet te pareció malísima, pero dame tu punto de vista, profundizá el análisis, dejame entender qué sentiste mientras la veías, qué sentiste después. Argumentá, convenceme de que tu punto es válido.

Me pasa muy seguido con amigos, conocidos y compañeros del laburo. Se sucede más o menos este diálogo:
—Vi [Inserte cualquier película acá]. No me gustó.
—Ah, mirá vos. Contame por qué exactamente.
—No sé. No me atrapó, me aburrió. Qué se yo. No me gustó.
—(-.-)

Al respecto, Ebert decía:
«The best literary critic is not the one whose judgments are always right but the one whose essays compel you to read and reread the works he discusses; even when he is hostile, you feel that the work attacked is important enough to be worth the effort. There are other critics who, even when they praise a book, cancel any desire you might have to read it”»

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Entonces: ¿por qué fue Roger Ebert uno de los más grandes críticos de cine de la historia?

No sólo porque le importaban las películas y nos decía qué pensaba al respecto, sino porque además las trataba de forma relativa, argumentando claramente sus pensamientos, y porque con sus reviews nos brindaban apenas lo justo y necesario para interesarnos y para que pudieramos formar nuestra opinión nosotros mismos.


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domingo, 27 de noviembre de 2016

Mis días por España


Durante una semanita tuve que viajar a España para un evento literario en Tarragona (del que hablé en esta nota). Este post viene a ser la contracara, donde quiero mencionar algunas cuestiones más turísticas y anecdóticas además de aprovechar para dejar mi granito de arena respecto a algunas recomendaciones.

Así, tal cual está, la subí también a mi perfil de Viajeros.com. En fin, para qué abundar en detalles que no hacen más que abundar en detalles. Ahí vamos.

Día 1 (sábado 12/11) – Aviones y más aviones

Salí desde Bahía Blanca hasta retiro en bondi, viajando toda la noche. Al llegar, tomé un colectivo “Tienda de León” a Ezeiza (unos 240$). Después de hacer todos los trámites habidos y por haber en el avión, finalmente estaba en mi asiento.

La verdad es que a nivel comodidad y servicio, Alitalia no es una mala aerolínea. Pero no se compara con Lufthansa (con quienes viajé en mi anterior viaje a Europa). 

Acá estábamos un poco más apretados, como sardinas, las pantallitas son bastante medio-pelo y gran parte del contenido está únicamente en idioma italiano (sin subtítulos).

Así y todo, a lo largo del día vi tres películas. Una excelente película italiana (“Perfect strangers”, cuyo review ya está en la fan-page), un interesantísimo thriller coreano (“Time renegades”) y una muy olvidable cinta árabe que intentaba ser de terror/suspenso pero acabó siendo muy lamentable.

A un lado tenía a un abuelo que resultó ser de Coronel Pringles, Norman Borgarampe. Terminamos charlando bastante sobre el pueblo donde pasé gran parte de mi infancia. Del otro lado, una piba profesora de canto de Mar del Plata. Le habían dado una beca para dar clases en Madrid por un tiempo.

Roma me recibió con un frío helado, pero rápidamente tomé el vuelo a Barcelona, luego de unas horitas de espera.

Día 2 (domingo 13/11) – Llegada a Barcelona

Dato loco: aquel domingo era mi primer aniversario de casado. La fortuna quiso que estuviera a 11.000 km de distancia. Mi saludo fue a través de un e-mail prolijamente redactado para apaciguar la amargura. El festejo tendría que ser a la vuelta.


Desde el aeropuerto hasta Plaza Cataluña tomé un Aerobus de 6 EUR. Un servicio correcto y rápido. En unos cuarenta minutos ya estaba en la plaza. El hostel que elegí para quedarme (St Christopher's Inns) quedaba a unas pocas cuadras.

En mi habitación conocí, casi al mismo tiempo que entré, a dos argentinos. Gastón era de La Plata, estudiante de abogacía, y venía haciendo un viaje europeo antes de recibirse. Antes había estado en Cracovia y en Praga (ciudad de sueños).

Javier ya pisaba los 30 y era de Capital. También abogado, pero ya recibido. Venía de Miami y viajaba luego para Ámsterdam.

Nos volvimos inseparables durante los próximos dos días.



Salí solo a recorrer los alrededores. Caminé por la rambla, me perdí en el barrio gótico, hice algunas compras. De vuelta en el hostel, alrededor de las cuatro de la tarde, nos tomamos unas Heineken con los argentos. Gastón había conocido a una española (la magia de Tinder) quien nos invitó a una fiesta que se hacía en el club Apollo (palabra clave: gratis).

Si bien no tenía todas las ganas del mundo, fuimos. Y la verdad es que la pasamos genial. El ambiente era gay-friendly, hasta diría un toque queer, las cervezas tenían buen precio y la energía era alta. Mucha gente local, españoles y extranjeros que viven en Barcelona.

Pasaron bastantes cosas esa noche. Javier anotó puntos con una francesa a la cual le hice la jugada de “Have you met Ted?” (para entendidos de How I Met Your Mother), charlamos bastante con gente del lugar, asistimos a unos franceses cuyo amigo estaba –literalmente– en un estado de coma alcohólico y la verdad que nos divertimos mucho. La joda empezó temprano, 18 hs. Nos volvimos caminando a las 23 hs y cenamos unos kebabs por el camino.

Día 3 (lunes 14/11) – Free Walking Tour, La Boquería, tapas y paella

Aquel día estuvimos todo el tiempo juntos con los argentinos. A la mañana hicimos los siempre recomendables Free Walking Tour de Sandemans, que ya había hecho en otras ciudades. Creo que este tipo de tours son la mejor manera de conocer los aspectos más curiosos y emblemáticos de una ciudad.

El guía era Miguel, un madrileño que tenía una soltura para explicar y entretener que te atrapaba por completo. Recorrimos el barrio gótico, el barrio judío, la plaza del rey, la catedral. La historia de Barcelona es una llena de grandes contradicciones, y por momentos se pone más picante que un capítulo de Game of Thrones.


Miguel nos deleitó con anécdotas y curiosidades: la vida del verdugo de Barcelona, el rol de los judíos, el origen de la palabra banca y de bancarrota (era literal, le rompían la banca a los judíos prestamistas que no eran de fiar).

Es una experiencia alucinante caminar por el Barrio Gótico, dónde vivió el pueblo medieval y, siglos más tarde, el mismo Picasso.

Fue curioso también enterarme de que tuvieron que colocar parques infantiles y juegos en cada plaza para impedir que se llenaran de jóvenes drogándose. Es una de las iniciativas más recientes del ayuntamiento barcelonense para comenzar a cambiar la imagen del lugar.

También se recorren diferentes obras de arte modernistas que, para variar, tienen un significado plenamente sexual. Sin ir más lejos, está la curiosa “Mujer en éxtasis sexual” (de Cristofol). Sólo imaginen que la imagen de la izquierda es un pecho y lo de arriba un pezon (¿?).

Pasamos por la plaza George Orwell, a la vuelta de la ex escuela de arte donde se formó Picasso

Visitamos la escultura en honor a la pirámide humana de nueve pisos (torre de castellers, que es una tradición del lugar), vimos el CAGANER (figuras de famosos o personajes de ficción cagando, símbolos de la buena suerte) y también nos dimos un paseo por una iglesia gótica creada por el pueblo en tan sólo 54 años.

La verdad es que el tour es verdaderamente lindo y una forma de aprehender la idiosincrasia del lugar. Se trata de un pueblo con mucho empuje que quiere ver a su ciudad linda. Miles de voluntarios dieron vuelta el lugar en menos de seis años para estar listos para las olimpiadas del ´92, y se dice que fueron las mejor organizadas del mundo.

Son las cosas que puede hacer un pueblo cuando se organiza.

Después del Free Walking Tour (que, de nuevo, me encantó y lo recomiendo mucho) deambulamos con los dos argentinos, conocimos el puerto y terminamos almorzando tapas y paella a las 5 de la tarde. No sin antes conocer La Boquería, el gran mercado central que está pegadito a La Rambla.

Esa tarde hice un cambio de celular, luego de seis años bancando a mi pequeño Galaxy Ace y aprovechando que los precios son mucho más bajos que en Argentina. El resto del día lo dedicamos a tomar, comer y charlar con diferentes extranjeros del hostel: coreanos, franceses, españoles, australianos, etc.

Se sumó una persona más al grupo: Pía, una pequeña y charlatana cordobesa que andaba viajando sola.


Por la noche íbamos a salir con una tucumana y sus dos amigas dominicanas, pero terminamos colgando en el hostel.

Algunos datos de interés hasta el momento:

- Si van al St Christopher's Inn, es conveniente reservar directamente desde la página. Yo lo hice desde Booking.com y resulta que no tenía desayuno incluido (3 EUR). El desayuno es tremendo y lo vale, pero si uno se lo puede ahorrar, mejor.
- Si bien el hostel es muy moderno y con buen ambiente, no me terminó de convencer. El wi-fi no llega bien a las habitaciones y las duchas tienen un botón que hay que apretar cada 30 segundos para que salga el agua.
- En la calle, un par de ingleses nos invitaron a un club cannabico (what the fuck...). De más está decir que así es como arrancan las películas tipo “Hostel”.
- Comer en La Rambla es relativamente caro. Lo mejor es desviarse un poquito y agarrar algún resto-bar del barrio. Es igual de rico pero te ahorrás unos buenos euros. Nosotros comimos paella y tapas (+ vino) por unos 7 EUR cada uno.
- “Barcelona sin Gaudí es como un pavo sin plumas”. Me re quedó esa frase de Miguel, el flaco del tour.

Día 4 (martes 15/11) – Salida para Tarragona

Nos levantamos con los dos argentos y Pía para desayunar. Era la gran despedida ya que cada uno partía para rumbos diferentes. Pía y Javier iban a visitar La Sagrada Familia ese día. Yo tenía que tomar el tren para Tarragona.

Como buenos argentos (aunque, vamos, todos lo hacen) nos escondimos un par de sánguches en la mochila. Me despedí de todos y salí para la estación de trenes (Barcelona Sants). Como el día estaba lindo, y no tenía ningún apuro, caminé (más de una hora) hasta el lugar. En el medio compré algo de ropa para Benjamín, que todavía me espera en la panza.

Preferí caminar tranquilo antes que tomarme un subte que sale 5 EUR y no te permite conocer la ciudad. El clima era muy agradable. Lamentablemente, durante la caminata mi valija sufrió un mini-accidente: perdió una de las dos barras de agarre.

El ticket a Tarragona costó 8 EUR y el viaje fue súper tranquilo. Vas bordeando el Mar Mediterráneo, tarda una horita y los trenes son amplios, lindos y muy cómodos.



La gente del evento me había reservado en el hotel Urbis, bien céntrico. Pasar de dormir en colectivos, aviones y hostels con diez extraños a un hotel tan lujoso fue un cambio increíble. Nunca disfruté tanto una ducha. Al ratito de haberme ubicado en el hotel, llamó Laura Uriol, una chica de la editorial que fue mi contacto para este viaje. Me invitaban a almorzar.

Almorzamos Laura, Antonia Lorente (otra de las chicas organizadoras) y Juan Ballester, el jefe de la editorial, la persona a quien yo tenía que conocer para descubrir el destino de mi novela.

Se comió bien y se comió fuerte, pero admito que no me encontraba del todo cómodo. Estaba ansioso, nervioso, molesto, aterrado, contento, exacerbado, inseguro. En fin. Estaba hecho una bola de nervios.

Afortunadamente, pude relajarme en el hotel, escribir algunas cosas, mirar algo de televisión en calzones y recorrer la ciudad. Salí a caminar un rato durante el día y otro tanto durante la noche. Pasé por el ayuntamiento, la catedral, el circo romano y se me cayeron unas fichitas en el Casino.



Finalmente, terminé en un barcito tomando birra y unas “patatas bravas” (básicamente, papas al horno con alguna salsita).

Día 5 (miércoles 16/11) – Tarragona y el gran evento literario

Me levante temprano, alrededor de las 8.30 AM. El desayuno del hotel era espectacular. Buffet y con todo lo que uno pueda imaginar. Salí a caminar y terminé comprando “La bestia debe morir” (de Nicholas Blake) en una librería de usados.



Recorrí el anfiteatro romano (3.30 EUR para entrar), la catedral y la muralla romana. Todo cuesta unos 3 euros para entrar a recorrer. Di vueltas por el centro, compré algunos regalos. En un barcito piqué tapa + caña (1.50 euros). Una caña es una medida de cerveza (vasitos de 200 cm3 aprox). Las tapas pueden ser cualquier tipo de “picada”: papas, panes con tomate, guiso, pescados, rabas, fiambres, etc.

Tarragona es muy prolija y hermosa, como una Roma en miniatura (y con vista al mar). Tiene todo el aspecto de “pueblo”, donde uno puede encontrarse más o menos con las mismas caras todo el tiempo.

El evento para el cual viajé a España ya lo relaté en esta nota. Luego hubo cena, bares, tragos, con los participantes, miembros del jurado, organizadores, etc. Nos acostamos como a las 4 de la mañana.



Día 6 (jueves 17/11) – El día después

Me levante resacoso, desayuné algo y me bañé. A las 14 hs tenía un almuerzo/reunión con la gente de la editorial. Se comió bien y fuerte (como siempre). Entre copas, Juan Ballester mostró interés por mi novela (ya veremos qué paso con eso).



Por la tarde tomé el tren de regreso a Barcelona. Como llegué tarde y no tenía ganas de caminar cinco cuadras para tomar el metro (5 EUR) y después otras tantas cuadras hasta llegar al hostel, tomé un taxi (cosa que odio).

Al respecto, OJO con los taxis en Barcelona, son tramposos. 

Llegué a Plaza Cataluña con 7 EUR en el marcador, pero el tipo apretó un botón y ¡el número se convirtió mágicamente en 10! Aparentemente hay un adicional de 1 EUR por llevar valija y 2 EUR por salir desde la estación Barcelona Sants. Posta.

Para esta segunda estadía en Barcelona, cambié de hostel. Fui al Hostel 360, ubicado a la vuelta del Arco del Triunfo. En este lugar, la cocina y la “sala de estar” son una sola cosa, lo que hace que todos se aglomeren ahí. Típico llegar al hostel y ver a un argentino cebando mate para levantar minitas, varios asiáticos cocinando a las seis de la tarde y un par de hermanos franceses jugando pulseadas sin remera en la habitación (¿?).

En uno de los livings, un inglés armaba un porro.

El hostel era más chico que el Saint Chistopher, y menos moderno, pero de alguna manera más ameno y familiar. Me puse a redactar la nota sobre el evento mientras comía unos sanguchitos. El lugar se preparaba para servir sangría gratis para todos. 

Había bastante gente, pero aquella vez me sentí más con ganas de estar solo.

Saqué los tickets para La Sagrada Familia por Internet (22 euros con audioguía, 20 si sos estudiante) y deambulé por el lugar. 

Mientras tocaba la guitarra en un rincón, un dinamarqués se me acercó y terminamos cantando juntos. “You sing well”, me dijo. No le creí demasiado. Cuestión que me invitó a jugar una partida de ping-pong (jugaba bien, lo había visto antes) y le gané (¡punto para Argentina!).

Algo bueno del hostel es que tenía una heladera llena de birra fría a buen precio (1 EUR). Sacás la latita y dejás la plata en recepción (un sistema de honor). 

Entre algunos highlights más, jugué al “Chancho” con un grupo de canadienses (lo llaman “Spoons” y lo juegan con cucharas, donde hay n-1 cucharas y quien tiene “chancho” se roba una cuchara.), tomé una cerveza con Ramiro, un argentino rockero y encargado del hostel (esta es su banda), y también con Pedro, un argentino que laburaba en OSDE y largó todo para viajar durante varios meses.

Me enteré de una cosa que hacen en el hostel: contratan extranjeros para laburar ahí y les ofrecen comida y alojamiento a cambio del trabajo (cuatro días a la semana, cinco horas). De esa forma, uno puede conocer Barcelona ahorrándose una buena guita y, de paso, buscar otro trabajo allá. En esta modalidad había argentinos, alemanas, una italiana y el dinamarqués. Una alemana (Louisa) estaba trabajando en el hostel y tenía sólo 18 años. Iba a quedarse un tiempo allá y luego buscar trabajo en Argentina. Están en la recepción o limpian.

Día 7 (viernes 18/11) – Último día en Barcelona

Me levanté alrededor de las diez de la mañana (¡nunca suelo dormir tanto!). En el hostel no daban desayuno pero sí había café, leche, té, etc., para que uno se sirviera. De todas formas, tomé mate.

Salí a recorrer algunas editoriales para dejar unos CV literarios, pero francamente no tuve demasiado éxito. Me recibieron en algunos lugares, en otros me dijeron “no, gracias” y algunas puertas nunca se abrieron.

Tenía entradas para La Sagrada Familia a las 14.30 hs. Conviene ir de día para apreciarlo todo mejor. La verdad es que fui sin muchas ganas, pero varios amigos me dijeron “tenés que ir” y les hice caso. Me tuve que tragar mis palabras: es IMPRESIONANTE.

Creo que la audioguía es clave para comprender la sobrecarga simbólica que Antoni Gaudí colocó en la construcción (que, de hecho, no está terminada todavía; se espera que lo esté para 2026, aniversario de su muerte). El recorrido lleva más o menos una hora y maravilla

No me interesa demasiado la religión católica, pero esta es una obra de arte que te vuelva la cabeza cuanto más comprendes la visión del arquitecto.

Volví perdiéndome por las calles, caminando tranquilo. Tomé unos mates más en el hostel y escribí otro tanto. Se acercó Pedro, el argentino que dejó su laburo de oficina en OSDE para recorrer el mundo (lo banco). Me contó que estuvo trabajando en Dinamarca (con las nuevas visas de trabajo que están saliendo para Argentina) y que ahora estaba viendo qué iba a hacer de su vida.

La charla se puso copada. Hablamos de cómo uno puede extrañar su país (en unos días cumplía años e iba a estar sin los amigos y familia) pero que, al mismo tiempo, cuando Pedro le preguntaba a sus amigos qué había de nuevo, la respuesta era siempre la misma. “Nada, acá todo sigue igual”. 

Ahí está el quid de la cuestión: me imagino que Pedro tendría una historia nueva para cada día, mientras que quienes se quedan viven en la rutina, en lo cotidiano.

Por la noche el hostel salía de pubcrawl y yo tenía que tomar el vuelo a las 6 am, así que rechacé la invitación. Finalmente decidí juntarme con alguien a quien había conocido en Bahía Blanca hace muchos años y que, casualmente, estaba viviendo en Barcelona: Juani Zaffora.

Nos juntamos a cenar con él, su novia Agustina y una amiga (Micaela). Los tres están viviendo y sobreviviendo en Barcelona. Comimos en un lindo lugar de barrio, que de hecho estaba lleno: Pollería fontana. El menú fue tapas varias y cerveza.

Lo que más me llamó la atención de la noche fue enterarme de la dura realidad que viven los argentinos profesionales (con títulos universitarios) para hacerse un lugar en Barcelona y conseguir un trabajo. El catalán es prácticamente clave, los españoles suelen tener más masters y mejores currículos y las empresas no se interesan tanto por argentinos. Muchas personas como Juani están peleándola y buscando trabajo allá desde hace bastante tiempo.

Fue una noche muy memorable, de risas y anécdotas. No me resulta tan loco pensar que elegí pasar mi última noche en Barcelona rodeado de argentinos. Volví al hostel y aproveché que dos pibas francesas iban también para el aeropuerto para dividir un taxi (al hacerlo, no salía muy distinto que tomar el bus nocturno).

Día 8 (sábado 19/11) – Un (olvidable) día en Roma

Llegué a Roma a las ocho de la mañana y tenía el vuelo a Buenos Aires recién a las 21 hs. No tenía sentido quedarme todo el día en el aeropuerto así que aproveché a recorrer la ciudad. 

Si bien ya conozco Roma (la visité acá y acá), cuando fui el año pasado no pude ver la Fontana di Trevi (la estaban reconstruyendo).

Apenas pisé la ciudad, se me apareció tan caótica como la recordaba. 

Por ejemplo, en la cabina de tickets a Termini no había nadie que atendería. La gente se acumulaba y no sabíamos en qué momento iban a aparecer. #ClassicRome.

A su derecha verán una clásica calle romana. (-.-)

A los italianos les chupa todo un huevo, las calles son un quilombo, mugrientas, enredadas. Llegué a Termini como a las 10.30 hs, caminé por lugares que reconocía y terminé comiendo una pizza en un barcito. Abrí la PC como para comenzar a trabajar en algunos pendientes de mi vida (las clases de la UNS, mi trabajo de consultor, etc).

No habían pasado más de 30 minutos cuando me dijeron (en un italiano poco amable) que si ya había comido tenía que retirarme.

Qué veneno. ¡Qué bronca! Me fui sin saludar ni dejar propina (aunque, vamos, tampoco habría dejado propina de otra forma). 


Finalmente, llegué hasta la Fontana di Trevi. Es una obra indudablemente maravillosa, pero no me terminó de deslumbrar. El gran problema es el hormigueo de gente que la rodea de forma constante, todo el tiempo tomando fotos en lugar de sentarse a apreciarla un poco más.



Mantengo que Roma es una de las ciudades europeas más sobrevaloradas. Es un destino que uno tiene que conocer, pero está lejos de ser el más disfrutable, memorable o incluso recomendable. Por ejemplo, Florencia ya es otro mundo, la gente es diferente. Pero Roma está atestada de personas vendiendo las mismas cosas en las calles, de gente apurada, de italianos maleducados.

Caminé un poco más, perdiéndome por las calles. Sin tiempo, sin apuro...



Doblando en un esquina se apareció ante mí el impresionante Coliseo...

Recorrí un poco más, tomé un café olvidable (1,80 EUR y la taza es del tamaño del meñique) porque necesitaba cargar un poco el celular. Italia te da y te quita, lo dije siempre.

La paraba del bus al avión no era adonde decía en el folleto. Luego de una hora esperando en el lugar equivocado, caminé unas cuadras más cerca de Termini y encontré la adecuada. Lo loco es que me subí al bondi sin que me chequeen el ticket (de lo enojado que estaba) y nunca nadie me lo pidió, con lo que hasta me podría haber ahorrado unos billetes.

Volví al aeropuerto alrededor de las 17.30 hs, me senté en un café a escribir un poco y nada más interesante ocurrió hasta abordar el avión. O quizás sí.

Unas palabras finales

Sigo amando viajar solo. Este fue un viaje que llegó de forma inesperada, donde conocí España de una manera muy especial. Andar solo te abre miles de posibilidades a conocer gente, a vivir historias locas y que te pasen cosas increíbles. Los días son impredecibles, sin mapas, sin ideas preconcebidas, sin planes específicos. Sostengo que todo el que disfrute de viajar (y con viajar me refiero no a “estar en otro lugar”, sino el acto de transportarse físicamente a otros lados, subir a trenes, aviones y buses, recorrer rutas desconocidas, perder tiempo en aeropuertos, perder tiempo en todos lados) tiene que, cada tanto, hacer algo como esto.


Al viajar solo es uno contra uno mismo y es uno contra el mundo. Y eso es algo que no te quita nadie. Me encantó Barcelona como lugar para turistear e incluso para vivir. Tiene la temperatura y ubicación ideal, es prolija, llena de buena gente, moderna y clásica al mismo tiempo. Tarragona es otra gran ciudad, una mini Roma con hermosas playas y bella gente. Si me dieran a elegir, me iría a vivir a Tarragona sin dudas (siempre preferí estar lejos de grandes metrópolis) y dejaría Barcelona para los fines de semana.

Esto es todo. Sé que no fui tan específico como otras veces que relaté viajes. Fue porque se trató de algo más concreto: viajaba para un evento y, de paso, recorrí. Así y todo, gracias a todos los que leyeron hasta acá, y espero que mis consejos, recomendaciones y experiencias sumen para su próximo viaje.

¡Hasta la próxima!

«Viajar es una brutalidad. Te obliga a confiar en extraños y a perder de vista todo lo que te resulta familiar y confortable de tus amigos y tu casa. Estás todo el tiempo en desequilibrio. Nada es tuyo excepto lo más esencial: el aire, las horas de descanso, los sueños, el mar, el cielo; todas aquellas cosas que tienden hacia lo eterno o hacia lo que imaginamos como tal». – Cesare Pavese.


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