martes, 17 de octubre de 2017

Oktoberfest 2017 en Villa General Belgrano (diario de viaje)


Hace muchísimos años que tengo ganas de ir a la Fiesta Nacional de la Cerveza en Villa General Belgrano. Este año finalmente se dio la combinación de oportunidad, tiempo, (algo de) dinero y amigos cerveceros con las mismas ganas que yo.

El Oktoberfest en VGB se celebra tradicionalmente durante el primer y segundo fin de semana de octubre, recordando la cosecha de la cebada en Alemania. Desde que fue declarada “Fiesta Nacional” en 1972, cada año se festeja en toda la ciudad con stands de cerveza artesanal, comidas típicas de centroeuropa, bailes, música y artesanías.


Disfruté mucho del fin de semana, si bien tengo mis reservas respecto a ciertas cuestiones que iré comentando en este diario de viaje. Como siempre me gusta hacer, este es un recuento de algunas anécdotas memorables y unos tips/consejos para quienes quieran sumarse en próximas fiestas.

Los protagonistas de esta historia, además de quien escribe, son Santiago y Christian (célebres participantes de mi viaje por los Refugios de Montaña de El Bolsón el año pasado) y la invitada estrella: Mariana. Los cuatro formamos un grupo con el que supimos convertir los jueves en una juntada sagrada para tomar buena birra.

Comencemos.

***

La logística previa: alojamiento y transporte

Dos cosas debíamos decidir antes de partir hasta Villa General Belgrano en la provincia de Córdoba: ¿Cómo llegamos hasta allá? y, ¿dónde vamos a dormir?

Arrancamos a buscar alojamiento en agosto cuando –luego de varias idas y vueltas y algunos giros inesperados del destino (como que Santiago consiguiera trabajo en Neuquén y se mudara desde Bahía Blanca hasta allá)– nos propusimos firmemente a realizar el viaje.

Este fue un primer error: Villa General Belgrano ya estaba ocupada prácticamente al 100% y no logramos conseguir absolutamente nada.


De esto nos íbamos a perder de no conseguir dónde dormir...

De hecho, costó muchísimo encontrar un techo. Un amigo del laburo me dijo que es mejor reservar en mayo, porque ya en agosto está todo lleno (dicho y hecho). Finalmente conseguimos dos cabañitas muy lindas en Santa Rosa de Calamuchita, un pueblito que queda a 12 km de VGB.

Las cabañas Husy Samy estaban muy completas, bien ubicadas (8-10 cuadras de la terminal) y a precios razonables. Pagamos 1500$ la noche. En una cabaña de dos podían caber, tranquilamente, 3 personas.

La nuestra con Santiago tenía un hidromasaje que nunca usamos, cocinita, parrilla, microondas, utensilios, café, té, etc. Todo muy completo. Por la mañana te dejaban algunas facturitas para el desayuno. (acá pueden leer los reviews de TripAdvisor). La verdad es que yo les habría agregado una pileta, pero más allá de eso, estaban bien.

El otro punto a definir fue cómo íbamos a llegar. Hay detalles menores que no vale la pena aclarar, pero la cuestión es que salimos los cuatro desde Neuquén en auto: 1100 km atravesando Neuquén, parte de Río Negro, la Pampa, San Luis y, finalmente, Córdoba.

Santiago, nuestro conductor de cabecera, se armó un mapa con la mejor ruta para tomar. El GPS hizo el resto.


 Un mapita a la antigua.

Salimos el sábado 14/10 a las 5 de la mañana. Para el regreso, Christian y Mariana se subieron a un colectivo a Bahía Blanca en Río Cuarto y yo volví con Santiago en auto, donde se vivieron algunas otras aventuras locas con la policía. Pero ya llegaremos a eso.

Sábado 14/10 => La salida en auto

Sabíamos que sería un viaje largo (interminable para algunos) por lo cual teníamos encima unos ricos mates, galletitas y unas 40 empanadas de carne que, convenientemente, yo había preparado el día anterior. También teníamos 6 CD´s con música de todos los géneros, desde reggaeton y pop levantador hasta metal romántico, pasando por rock nacional, música corta-venas y rock clásico.



Por mi parte me llevé dos libros para leer: Madagascar, del argentino Luis Benítez, una fascinante historia de aventuras y piratas que ya voy a reseñar en el blog, y una antología de cuentos hermosa, obsequio de Marcelo Kisilevski, un compañero escritor de la comunidad de Literautas.com.

El viaje fue muy tranquilo, excepto por una pobre paloma a la que se le hizo la noche al atravesar la parrilla del auto. Estúpida paloma.

En San Luis nos decepcionamos bastante con el estado de las rutas, que estaban llenas de pozos y baches traicioneros (de hecho, nos comimos uno bastante fuerte). Por otro lado, había escuchado que la provincia se jactaba de tener wi-fi en todos lados: nada más lejos de la realidad.

Zafamos (zafé) de una infracción en la frontera entre San Luis y Córdoba por no tener puesto el cinturón. Una mentira rápida, astuta y eficaz de Santiago nos libró de pagar. 

De más está decir que nunca más me saqué el cinto durante el viaje.

Llegando a Córdoba, hicimos todo lo humanamente posible por evitar multas, ya que los cordobeses tienen la fama de hacerte pagar por cualquier cosa. 

Los consejos a seguir son sencillos: no pasar de 110 km/h, tener las luces bajas, hacer guiños al cambiar de carril en la autopista y siempre tener cinturones abrochados.

Lo que sí es destacable es la nueva autopista cordobesa, que es una maravilla. Felicitaciones a la provincia. Es un placer viajar por esa zona. (San Luis => apestás. Aprendé de tus vecinos).

Llegada a Santa Rosa de Calamuchita

Luego de 11 horas con el culo arriba del asiento, llegamos a Calamuchita a eso de las 3 o 4 de la tarde. En las cabañas los chicos se acostaron un rato mientras que yo aproveché a leer y recorrer un poco (odio dormir siesta). Nuestras vecinas eran un grupo de santiagueñas ultra tatuadas, en la cabaña detrás, y unas simpáticas porteñas, en la cabaña de adelante.

Más tarde nos dirigimos a pie hacia la terminal para subirnos a un colectivo que nos llevaría hasta VGB. Esa era una preocupación inicial, pero al final resultó ser bastante sencillo.

Hay, por lo menos, dos o tres líneas que salen cada media hora a los distintos pueblitos de Córdoba, con lo cual no es complicado llegar desde Calamuchita hasta Villa General Belgrano. El colectivo Pájaro Blanco, por ejemplo, nos costaba 38$ el viaje, mientras que Buses Lep cuesta un poco más (45$) porque es más cómodo.


Siempre que subimos estuvimos acompañados de cordobeses que, desde temprano, agitaban con cantos, música y arrancaban a chupar arriba del colectivo. El viaje, por suerte, dura apenas media hora. De todas formas, los mismos pibes que veías cantando y haciéndose los copados en el colectivo se volvían medio pecho-fríos al bajar.

El centro de Villa General Belgrano

Había estado en VGB hacía muchos años (casi una década, desde que hice un viaje por todas las sierras de Córdoba con mi familia), por lo cual no lo recordaba demasiado.

Al pisar el pueblo, lo primero que quisimos hacer fue conseguir un jarrón donde poder verter nuestra cerveza. Este representó uno de los tantos errores económicos que cometimos durante la travesía. Estábamos tan deseosos de comenzar a tomar birra que terminamos comprando mal y caro.


Foto con dos guachines...

Para que no cometan el mismo error que nosotros, busquen un local de jarrones que está al lado del Banco Macro, sobre la calle peatonal principal. Tiene más variedad y mejores precios que cualquier otro lugar que hayamos visto. No sean como yo, que caí en una trampa de turista y terminé pagando 70$ extra por mi jarroncito de cerveza.

La onda del lugar es que uno puede tomar cerveza tranquilamente en la calle, mientras que en cualquier otro momento del año esto es ilegal en la ciudad (y en el resto del país también). Caminar por la calle con tu jarrón de cerveza, intercambiando palabras alegres con todo tipo de gente, sentándote en ronditas en las plazas, es un placer enorme. Para mí es una excelente forma de pasar una tarde.

Nuestra primera parada (otro de los tantos errores antes mencionadas) fue en El Viejo Munich, un restaurant que se jactaba de tener “excelente cerveza artesanal”. Grave, gravísimo, error. Su cerveza no sólo no era ni siquiera pasable, sino que además nos tocó una moza que parecía estar al borde de un ataque de nervios.


Compramos cuatro pintas y unas papas. Cuando la chica nos trajo la bandeja se quedó, literalmente, parada con la mirada fija, colgando por unos segundos. Como si se le hubiera apagado el procesador. Parecía a punto de largarse a llorar. Actuaba de forma tan extraña que hasta nos dio un poco de miedo que, de hacer algún chiste poco sensible, ella quebrara ahí nomás.

Afortunadamente, en frente encontramos un lugar de recarga que tenía cerveza más pasable, aunque pronto descubriríamos una aterradora verdad: los cordobeses no saben hacer buena birra, y tampoco les importa.

A la gente del pueblo le da lo mismo tomar una supuesta artesanal que una Isenbeck, las cervezas te las vendían por “colores” (en lugar de mediante estilos) y ningún cervecero cordobés era capaz de hablarte de forma más o menos técnica sobre su producto. 

Las charlas que se daban eran más o menos así:

NOSOTROS: ¡Hola! ¿Tienen cerveza artesanal?
CORDOBESES: Sí, claro, obvio. ¿Adónde te pensás que estás, papá?
NOSOTROS: Uh, genial, queremos recargar nuestros jarrones que pagamos a un precio desmedido por apurarnos en la compra. ¿Qué tipo de cerveza tienen?
CORDOBESES: ¿Cómo “qué tipo”? ¡Tipo artesanal!
NOSOTROS: Sí, sí, claro, pero... ¿de qué estilo? IPA, Honey, APA, Scottish, Porter...
CORDOBESES: Eh... tipo artesanal... eh... negra, roja y rubia... No, pará, negra y rubia no hay. Sólo roja. ¿Quieren o no?
NOSOTROS: (-.-)

Christian, quien tiene una historia de decepciones con los cordobeses que data de varios años, era a quien menos le daban risa este tipo de conversaciones.


Paseamos por el pueblo, estuvimos averiguando para ir al predio al día siguiente. En un momento nos terminamos sentando a comer unas típicas salchichas alemanas.

Admito que estaban ricas, si bien costosas. Por 220$ te daban una salchicha con queso y panceta más una guarnición escasa de papas fritas a la barbacoa. Si me preguntan, no le habría dicho que no a una salchicha más.

Durante esa tarde cruzamos palabras con bastante gente, que venía de todos lados. No me encontré con tantos extranjeros como habría esperado. Si charlé con algunas tucumanas divertidas, gente de Buenos Aires (muchísima) y muchos ebrios horribles con la lengua demasiado suelta como para adivinar su procedencia.

Llegamos a casa alrededor de la medianoche. La verdad es que estábamos todos muy cansados.

Domingo 15/10 => Embalse Río Tercero

El domingo fue un día intenso por la cantidad de cosas que hicimos. Yo me levanté un poco antes que el resto, porque cada vez soy más viejo choto y duermo poco. Temprano vi el capítulo de Dragon Ball Super (un clásico del fin de semana) y avance con algunos otros videos de Youtube mientras me tomaba un café.

El día estaba hermoso. Soleado y sin viento. Tomamos unos mates afuera, decidiendo qué hacer. Una opción era quedarse en las cabañas, jugar unas cartas, tirar algo a la parrilla. En su lugar decidimos salir en el auto a recorrer la zona.

Llegamos hasta el mirador de Embalse Río Tercero, donde sacamos fotos, compramos algún que otro salamín (yo sólo me dediqué a comer estratégicamente de las muestras gratis) y tomamos unos mates rodeados de turistas, naturaleza y muchos puestos de artesanías.





A mitad de la ruta encontramos una parrilla libre que nos tentó: Locos por la Parrilla. Por 220$ (sí, lo mismo que habíamos pagado el día anterior por una mísera salchicha) podríamos comer toda la carne que quisiéramos.

Llegamos a las 11 y pico a almorzar y nos fuimos varias horas después. El lugar, en cuanto a comida, es recomendable. Sin embargo, todo llegaba con muchísima demora. Creo que es algo más relacionado con la idiosincracia del cordobés, porque esa “paja” para atender (y para hacer cosas en general) la vivimos en varios otros momentos también.


La entradita de la parrilla jugaba en primera.

Comimos muy bien, pero los platos con la carne que pedíamos llegaban a intervalos de veinte minutos a media hora. Un desastre en ese sentido. Al regreso llegó la siesta de los demás y luego nos preparamos para el evento principal: el predio del Oktoberfest.

El predio del Oktoberfest

Este año, a diferencia de otros anteriores, la fiesta principal no era en el centro sino en un predio a unas 15 cuadras desde la peatonal principal, en el Bosque de los Pioneros. También existe un colectivo gratuito (Bier Bus) que sale desde la terminal y te deja en la puerta, para los más vagos que no quieren patear.

Me alegro de haber caminado porque ya ahí te cruzabas con un montón de gente yendo y viniendo. Allí le avisamos a un pibe que tenía un pene dibujado en su frente (el pobre se llevó una sorpresa poco grata) y vimos a un pequeño spiderman sacándose una foto con un vikingo, un momento demasiado tierno con el que casi nos largamos todos a llorar.


La entrada estaba bastante salada (500$). Pudimos haber conseguido algo más barato comprando anticipadas. Una lástima. Por suerte podían sacarse las entradas con tarjeta de crédito/débito, lo cual fue genial porque ya ninguno contaba con mucho efectivo y los cajeros de la ciudad no tenían dinero (¡otra cosa fundamental a tener en cuenta!)

Este valor era el más caro porque el domingo era el evento principal y más grande. Al ingresar no nos arrepentimos para nada de haber pagado, ya que el lugar –por lo menos eso me pareció a mí–era fantástico.


El primer dato fundamental es que ahí podían conseguirse cervezas no más caras que en el centro (200$ el litro, aproximadamente) pero de una calidad muy superior. El motivo era claro: allí estaban los grandes cerveceros nacionales como Antares, que tienen un amor (y conocimiento) mucho más grande por la birra que el cómodo cervecero de pueblo cordobés.

Se hace díficil describir la inmensa cantidad de momentos y situaciones que se vivieron en esa divertida noche. Menos aún hacerlo en orden cronológico. Hicimos ronditas aleatorias con gente random, nos cruzamos varias veces con un par de divertidos uruguayos, saltamos la soga (en un intento fallido de obtener 30% de descuento en birra) y vimos varios espectáculos y juegos para beber.

Hubo una banda que tocó, Willy Weimer Polkarock. Le puso mucha onda a la noche. (Acá pueden conocerla en vivo).

La atmósfera que se vivió en el lugar fue increible. Todos tenían buena onda para charlar y reír. Los policías estaban para brindar seguridad, no para ponerse la gorra.

Hay algo en este tipo de fiestas que me encanta. Siempre odié los boliches porque: (1) odio bailar y (2) amo charlar/hablar/boludear (la música del boliche no te permite eso). El predio lograba un equilibrio entre un ambiente tipo boliche, con mucha gente (aunque igual era posible transitar) y mucha música, pero al mismo tiempo era perfectamente posible hablar sin tener que andar a los gritos.


Entre algunas otras anécdotas, que fuimos recordando al día siguiente, es posible mencionar una guerra de sillas entre Santiago y Mariana, una buena cantidad de fotos perturbadoras comiendo salchichas, la terrorífica presencia del payaso Pennywise, las dos personas con máscaras de viejas que te clavaban un pico y un gorro que, misteriosamente, le desapareció a un ebrio que dormía sobre un árbol y apareció, como por arte de magia, en la cabeza de Santiago.


Después de dos o tres birras, todos flotan...



La dama y el vagabundo, versión ebria.



Una de esas dos viejas me clavó un pico. No QUIERO recordar cual.



"¿Vos viniste con tu novio y los boludos de sus amigos? ¡Vení, saltá la soga conmigo!"



Sabias palabras.





Este flaco se pegó un palo bárbaro pero igual posó para mi foto.




Ciertamente, una noche muy memorable.

Lunes 16/10 => El regreso

Durante toda la vuelta en auto fui pensando lo mismo: qué lindo que estuvo y qué pena que fueran tan pocos días. Debido a nuestras apretadas agendas, no fue posible estar más tiempo por allá. Me parece que faltó un día en el que pudiéramos relajarnos un poco más.

En el afán de querer probar y conocer todo, estuvimos siempre apurados. En su lugar, debimos habernos tomado el tiempo para desacelerar (algo que a mí me cuesta muchísimo, y más en un viaje). Al final, uno termina más cansado en las vacaciones y logra descansar apenas lo justo y necesario para seguir.

Oktoberfest en Villa General Belgrano es súper disfrutable cuando uno tiene en cuenta ciertas cosas. Primero, que la birra dentro del pueblo no aprueba, por lo que no es necesario desesperarse por consumirla. Más vale tomar una Heineken o un vino en el centro y guardar el dinero para la buena birra en el predio, donde están las mejoras cervecerías con sus stands.


Segundo, es un viaje largo para los que venimos del sur, por lo que estar dos días no termina de rendir. Lo ideal, en mi opinión, es estar cuatro: viernes, sábado, domingo y lunes. Hay muchos pueblitos cerca de Villa General Belgrano que valen la pena para recorrer y conocer.

Es importante también empezar a organizarse desde muy temprano, particularmente en cuanto al alojamiento. Lo mejor es conseguir techo en Villa General Belgrano, para aprovechar mejor los tiempos allá.

Por otro lado, cuántos más amigos sean en este tipo de lugares, mejor. Nuestro grupo de cuatro fue bastante perfecto por los lugares en el auto y porque siempre podían armarse grupitos de dos para cuando nos separábamos.

Es cierto que conocés a gente de la vida, y terminás a los abrazos con cualquier desconocido, pero las historias y anécdotas más recordables se quedan siempre en tu grupo de amigos.

Como lugar para conocer, lo recomiendo mucho. Si bien, en mi caso no creo que vuelva en ningún tiempo cercano porque queda muchísima más Argentina por visitar.

El viaje de regreso fue un poco así, meditabundo, espiritual, reflexivo. A Christian y a Mariana los dejamos en Río Cuarto, donde tomaron un colectivo a Bahía Blanca, y con Santiago seguimos hasta Neuquén, charlando/analizando el viaje, escuchando buena música y tomando unos verdes.


Eso sí, porque en Argentina es prácticamente inevitable, nos comimos una multa. En la frontera San Luis – La Pampa, un control policial nos hizo la infracción por tener el matafuegos vencido. 

¡C'est la vie!

***


Los círculos rojos ERAN necesarios.

………………………………………………………………………………………………….


………………………………………………………………………………………………….


 Podés seguir las nuevas notas y novedades (además de humor y críticas de cine) en mi fan-page: http://www.facebook.com/sivoriluciano. Si te gustó, ¡compartilo o dejá un comentario!

jueves, 12 de octubre de 2017

Aprendiendo a crecer: Edgar Wright y la trilogía Cornetto


Me gustó mucho Baby Driver¸ la nueva película de Edgar Wright. Su estreno me pareció el momento ideal  para hablar de la trilogía de películas del genial realizador: la llamada trilogía Cornetto. Tres películas con un mismo dúo protagónico (Simon Pegg y Nick Frost), tres géneros diferentes y una temática compartida sobre el pasaje hacia la adultez.


***

Baby Driver: reseña sin spoilers

Mi calificación: 8/10

Baby (Ansel Elgort) es un joven y talentoso conductor especializado en fugas en busca de una salida de su vida criminal. Pero el jefe de la banda (Kevin Spacey) lo fuerza a dar un último gran golpe que amenaza su vida.

Cada nueva película de Edgar Wright es festejada por el mundo cinéfilo. Hasta ahora, su filmografía no ha dejado de brillar en creatividad por donde se la mire. Afortunadamente, con Baby Driver pasan dos cosas: es súper creativa (como sus producciones anteriores) pero al mismo tiempo el director no se repite a sí mismo.

La película –que balancea comedia, música y grandes persecuciones, con escenas de acción gloriosas– se encuentra entre las mejores obras del género junto a John Wick 2 en lo que va del año.

Claro que si a uno le da lo mismo ver esta película que otra como, digamos, Persecución al límite o cualquiera de las de “Rapido y Furioso”, entonces este trabajo de Edgar Wright no va a ser más que una pochoclera más del montón. Aunque realmente no lo es.

El principal artilugio –y que le valió las alabanzas de la crítica– es que toda la historia da vueltas en torno a la música, desde la edición hasta los diálogos. Como Baby necesita estar constantemente conectado a su i-pod, el desarrollo esencialmente parece un gigante video musical meticulosamente planeado. Sólo esta maravilla técnica hace que valga la pena verla.

Pero además, la música está muy en tono con cada escena y es funcional a la narrativa, a diferencia de otras películas (me viene a la mente Suicide Squad como clásico ejemplo) que colocaban canciones “cool” y rockeras porque sonaban bien y listo.

En ese sentido, Wright, un director reconocido por su atención al detalle y las sutilezas, se destacó nuevamente. Aunque sería injusto no mencionar que el resto de la película funciona muy bien también.

Hay una subtrama romántica que me resultó simpática, los personajes son todos muy particulares y llamativos (me gustaron Jon Hamm y Jamie Foxx especialmente) y la historia, si bien sencilla, cumple.


Si puedo objetarle algo, el último acto se estira un poco más de lo necesario y el personaje de Kevin Spacey me resultó poco convincente. Es más, sobre el final Frank Underwood comienza a hacer algunas cosas que no tienen demasiado sentido y me hicieron ruido. Hay una cosa que tiene el director que es que no sabe bien cuándo (ni cómo) cerrar sus historias.

Sin embargo, Baby Driver es muy disfrutable incluso para el espectador casual. De todas formas, van a ser los verdaderos amantes del género de robos y persecuciones (las llamadas “caper stories”) quienes le vean el atractivo real. Estuvo hecha con mucho amor y respeto por este tipo de historias.

En conclusión: vibrante y conceptualmente original, Baby Driver presenta una trama tierna inmersa en un delirante policial, tienes desvíos argumentales interesantes, muchas buenas ideas y una dosis de acción técnicamente impecable. La cuota justa para entretener de principio a fin. La película más cool del año.

El origen la de trilogía Cornetto

Ahora sí: hablemos de la trilogía Cornetto.

Una de las mejores parodias de zombies de la historia del cine, Shaun of the Dead (2004), es oficialmente la primera película de la trilogía, pero no fue concebida como una primera de tres partes.


El nombre de la trilogía Cornetto surgió, de hecho, como un chiste tonto durante la promoción de Hot Fuzz (2007), comedia que parodia el género de acción. El director Edgar Wright había escrito que el helado Cornetto funcionaría como una cura para la resaca en el personaje de Nick Frost de Shaun of the Dead.

En Hot Fuzz decidió incluir algunos guiños más relacionados con el helado Cornetto. Fue entonces cuando Wright comenzó a bromear que el helado representaba una trilogía comparable a la Trilogía de los Tres Colores del director polaco Krzysztof Kieślowski.

Un sabor para cada género

La cosa va más o menos así.


El Cornetto sabor fresa (el rojo) representa a Shaun of the Dead, la primera película de esta trilogía estrenada en el 2004. En esta divertidísima comedia, los protagonistas tienen que sobrevivir a una oleada de zombies mientras buscan refugio en su bar favorito. De paso, porque hay algo de romance en el medio, uno de ellos intenta de reconquistar a su ex novia.  De esa forma, el color del helado representa la sangre y los elementos gore de la película.

Tres años después, en el 2007, llegó Hot Fuzz, con el sabor de chocolate y vainilla, en el clásico envoltorio azul (representación de los elementos policiales de la historia). Esta película es un gran homenaje al cine de acción. Un rígido policía de Londres es transferido a un pueblo de mala muerte donde, poco a poco, se va revelando una oscura conspiración y un misterioso asesino.

Todo llega a su fin (literalmente) con The World’s End (2013). Cinco amigos se reúnen, luego de muchos años, para realizar un reto que les quedó pendiente en su pueblo natal: hacer un recorrido por 12 bares. Con cada nueva cerveza que toman, empiezan a notar que los residentes no son quienes parecen ser. Acá se juega con historias de ciencia ficción, y el helado Cornetto que la representa es el verde, el de menta con chips de chocolate. El verde es un color indudablemente relacionado con la vida extraterrestre.

Las conexiones de la trilogía Cornetto

Lo más curioso de esta trilogía es que, para nunca haber sido pensada como tal, tiene una buena cantidad de conexiones a nivel argumental y también guiños entre una película y otra.

En particular, cada una parece indicar un pequeño paso en el dificultoso proceso de aprender a crecer. Si Shaun of the Dead nos habla del estrés que provoca la idea de encontrar un trabajo y establecerse, dejar de ser un niño para adoptar las responsabilidades de un adulto, Hot Fuzz nos enseña que el trabajo tampoco hay que tomárselo tan en serio.


Si bien los personajes interpretados por Simon Pegg en cada historia son diferentes, el primero es un vago renegado que quiere continuar jugando videojuegos con su amigo y ser un niño eterno, mientras que el segundo se fue al otro extremo y vive sólo para el trabajo.

La tercera película (The World’s End) es la búsqueda del equilibrio entre estas dos posturas extremas y es sobre encontrar paz con tu propia edad y lugar en el mundo. El final de esta trilogía nos muestra la importancia de equilibrar el juego, la diversión y los amigos, con el trabajo, la realización personal y las responsabilidades.

Lo brillante de esta última entrega es cómo está pensada en cada detalle. Por ejemplo, cada uno de los 12 bares tiene un nombre representativo con la trama. “The Cross Hands”, por mencionar un caso, es donde se arma una pelea que dispara el conflicto principal.

Una lección fallida

Pero estas películas son comedias que no buscan ningún tipo de profundidad, y además Edgar Wright es conocido por su humor paródico y, en algún punto, ácido.

Las tres películas nos hablan sobre el proceso de aprender a crecer, balanceando nuestra vida entre diversión y responsabilidades. Y, sin embargo, el protagonista (Simon Pegg) falla en aprender la lección en cada uno de los tres relatos de la trilogía Cornetto.

En Shaun of the Dead, sobre el final de la película, el protagonista Shaun –un vago sin rumbo ni ambiciones– logró convencer a su novia de adoptar el estilo de vida sin preocupaciones que él mismo lleva. (¡y su amigo quedó hecho zombie!)


En Hot Fuzz, luego de vencer a la sociedad secreta que estaba asesinando a todos en el pueblo, el protagonista Nicholas Angel continua siendo un policía duro y correcto que se niega a tomárselo con calma y rechaza todo tipo de bromas y estereotipos culturales del trabajo de policía. No aprendió nada.

Por último, The World’s End cierra con una conclusión lógica: las tres historias nos hablan sobre aprender a madurar, pero la maduración es imposible si uno no la busca realmente. Sobre el final, Gary King se rehúsa a aceptar las trampas de la vida adulta y, literalmente, ocasiona el fin del mundo como lo conocemos.

Las consecuencias de la trilogía Cornetto nos llevan a pensar que el idealismo de los vagos irresponsables que se niegan a crecer puede destruir el mundo entero. No, no hay lección moral en estas historias.

………………………………………………………………………………………………….


………………………………………………………………………………………………….

 Podés seguir las nuevas notas y novedades (además de humor y críticas de cine) en mi fan-page: http://www.facebook.com/sivoriluciano. Si te gustó, ¡compartilo o dejá un comentario!


lunes, 9 de octubre de 2017

Filosofía a la mano (II) – Sartre: la condena de ser libre


Segunda entrada dedicada a resumir los pensamientos de mis filósofos favoritos. La primera vez hablé de Nietzche, el filósofo del martillo

Hoy le toca a Jean-Paul Sartre.

Sartre fue un filósofo, escritor, crítico literario y dramaturgo francés que vivió entre 1905 y 1980. Es considerado uno de los más brillantes pensadores de este siglo y es el principal exponente del existencialismo, una corriente filosófica que se interesa profundamente por la condición humana, la responsabilidad individual y la libertad.

La vida de Jean-Paul es de película. Fue soldado y prisionero de guerra, tenía estrabismo, tuvo varios oficios (por ejemplo, trabajó de meteorólogo), rechazó el premio Nobel de la Literatura y fue compañero de vida de Simone de Beauvoir, personaje histórico fundamental para la corriente feminista. 

El escritor reflexionó sobre la soledad, la angustia, la muerte y la libertad, entre otros grandes temas de lo Filosofía.

En esta nota voy a exponer, de manera muy generalizada, su pensamiento filosófico. Pero para darle un giro más dinámico, lo voy a hacer a través de tres de sus frases más importantes.

***

1.- “La existencia precede a la esencia

El existencialismo es un humanismo (1946) es un ensayo –que primero fue una conferencia– tan importante que es hasta considerado el manifiesto de los existencialistas. De allí surge la que probablemente sea la frase sartriana por excelente, y que engloba gran parte de sus ideas.


Imaginemos por un momento que decidimos crear una silla desde cero. Antes de construirla, tenemos muy claro su propósito, su “destino”, por decirlo de alguna manera: sea como sea su diseño, tiene que servir para sentarse. Este propósito es la esencia de la silla, y existe mucho antes de que la misma sea construida.

Ahora construimos la silla y entonces la silla ya existe en el mundo. ¡Eureka!

Para Sartre, la silla y otros objetos que carecen de consciencia eran los que él llamaba “un ser en sí”. Sin embargo, el ser humano, a diferencia de una silla, tiene consciencia, y por lo tanto, es un “ser para sí”. Un ser indefinido que se construye en el tiempo a través de sus decisiones y sus actos.

Acá vale hacer esta aclaración: Sartre fue ateo, y su corriente filosófica se corresponde con el “existencialismo ateo”. Para él no hay Dios que nos haya creado. Por lo tanto, la vida del ser humano no tiene ningún propósito predefinido por algún poder superior. Las personas no llegan al mundo con una visión específica y determinada. Esto hace que el ser humano tenga libertad plena y absoluta para elegir su propio destino en la vida.

El hombre no es definible, cuando nace no es “nada”. Sólo será después, y será tal como se haya hecho. No hay una “naturaleza humana” porque no existe un Dios que pueda concebirla. Estas ideas Sartre las profundiza en otros de sus grandes textos: El ser y la nada (1943).

Así, el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Este es el primer principio del existencialismo: el hombre será, ante todo, lo que haya proyectado ser.

Para Sartre, los humanos venimos al mundo (“existimos”) y después elegimos el propósito de nuestra existencia. Nos creamos una esencia sobre la marcha, improvisando sin guiones ni ensayos.

Dice Sartre: 
Sólo cuenta la realidad; los sueños, las esperas, permiten definir a un hombre como sueño desilusionado, como esperanzas abortadas, como esperas inútiles”. 

Es decir, define al-que-espera de forma negativa. El hombre tampoco es un fin, porque siempre se está realizando.

El existencialista es un humanista porque ésta es una filosofía de la acción y del movimiento. La dignidad humana está en su libertad, es su categoría antropológica fundamental y gracias a la cual el hombre siempre trasciende de su situación concreta, aspira al futuro sin estar determinado por su pasado, traza metas y, en ese proceso, construye su ser… construye su esencia.

2.- “El hombre está condenado a ser libre”

Para Sartre, ningún Dios, gobierno, religión o sociedad debe dictarnos nuestro propósito en la vida. Somos nosotros quienes no podemos evitar tener que decidirlo por nosotros mismos, es una sentencia de la que es imposible escapar. Y, lo que es peor, somos responsables por todo aquello.

Sin embargo, tanta libertad es también una condena ya que la libertad genera angustia, una angustia que –dice Sartre– es existencial.

Imaginemos que queremos comer una empanada. Vas a la única rotisería de la ciudad y te dicen que sólo tienen empanadas de carne. No tenés la libertad de elegir otro tipo, así que comprás media docena y te vas cómodamente del local. La no-elección brinda conformidad ya que sólo es necesario obedecer. Y, sin decisiones, la vida es más fácil.

A esto Sartre también se va a oponer argumentando que, en casos extremos como éste, la no-elección es también una forma de elegir. Podemos simplemente no comer empanadas de carne y, si fueran la única comida del mundo, elegir morir de hambre.

Así, llegó al extremo de decir que el que está por ser ejecutado en la hoguera es también libre de decidir si va a morir aceptándolo, llorando, quejándose, con los ojos abiertos, cerrados…

Acá quiero abrir un paréntesis para aportar un intertexto.

Sartre es mi filósofo de cabecera, y he leído suficientes cosas de él como para aceptar que sus ideas respecto a la vida están más de acuerdo conmigo que cualquier otro pensador. Por eso también busqué desparramar un poco de su filosofía en mi primer novela, Un verano para recordar.

Este es un fragmento donde dos de los personajes discuten al pensador frances.

***
—Lo que quiero decir –siguió ella– es que esas son cosas sin sentido. No estoy de acuerdo en que haya un único amor predestinado, incluso me parece triste. Me gusta más creer que eso lo elige cada uno y que depende de nosotros, de nadie más. “El hombre nace libre, responsable y sin excusas”. No podemos atribuirle a Dios o al destino las cosas que nos pasan o nos dejan de pasar. Cada uno debe hacerse responsable de sus actos, y de las cosas que le tocan vivir.
Nicolás se mostró sorprendido.
—No sabía que fueras tan existencialista, no dejás de asombrarme. Ahora me vas a decir que “estamos condenados a ser libres”, ¿no?
—¡Exacto! No es que sea fanática de Sartre, pero hay muchas cosas de él que son ciertas. Esa frase es tan simple y a la vez tan compleja que me resulta increíble… La libertad es una condena porque nunca podemos dejar de elegir.
—Acordate que estás hablando de una persona que en 1940 llegó a escribir que en manos del verdugo, mientras nos están torturando, somos libres porque podemos confesar o no, dejarnos morir o no. Eso me parece un poco excesivo –opinó Nicolás, orgulloso de sus distinguidos conocimientos de filosofía.
—Sí, y en 1976 se retractó admitiendo haber sido demasiado extremista –finalizó Valentina.
—No creí que fueras tan…
—¿Tan qué?
—No sé, tan… así.
—Todavía no me conocés bien –bromeó.
—De todas maneras sigo pensando que nada en la vida es casualidad, hay un motivo para todo lo que sucede en este mundo… Cada uno de nosotros tiene un camino a seguir, un sendero marcado por señales. Dios no juega a los dados con nosotros, me gusta creer eso. ¿Te conté alguna vez cómo nos conocimos?

(“Un verano para recordar”, 2013, fragmento)


***

Volvamos al ejemplo de las empanadas, que es interesante.

Supongamos ahora que volvemos a la rotisería a la semana siguiente y tienen una variedad impresionante de empanadas: pollo al champiñón, carne cortada a cuchillo, cerdo a la barbacoa, jamón y queso, napolitana, panceta y huevo, atún… y treinta variedades más.

Si sólo podés comprar un sabor (o, al menos, una cantidad limitada de sabores, debido a que los recursos económicos son escasos) el sentimiento de angustia te embarga. Temés no elegir el sabor más rico, el más adecuado. Pero hacés un esfuerzo y te decidís por media docena de cerdo a la barbacoa. Apenas le das el primer mordisco a la primera, te arrepentís y pensás que habría sido mejor llevarse tres de verdura y tres de atún, para que no caigan tan pesadas.

Usualmente experimentamos la angustia de elegir una carrera, una pareja, la compra de un bien. Tener libertad equivale a sentir angustia porque tomar una decisión implica que dejamos de tomar todas las demás. Esa es nuestra dulce condena.

3.- “Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”

Como dije: el hombre existencialista es el que se define por la acción, por el movimiento. El hombre no nace, se hace.


Pero a pesar de que la filosofía sartreana es una filosofía sobre la libertad, también acepta que hay factores sobre los que no tenemos control. No elegimos nacer en cierto país, con un sexo determinado, una raza y una familia específica. Sin embargo, en cierto momento de nuestra vida adulta tenemos la opción de escoger, por nosotros mismos, otro lugar de residencia, una ocupación, una segunda familia (pareja, hijos…) y nuestro círculo de amigos..

En otras palabras, podemos elegir lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros.

Me gusta pensar de esta manera: nacemos con una mano de cartas al azar. Puede ser una buena mano (una buena familia, en un país del primer mundo, con posibilidades económicas, con salud, etc, etc) o puede ser una mano, dicho mal y pronto, de mierda. Pero somos nosotros quienes elegimos cómo jugamos con esas cartas que nos salieron.

Ciertamente el tema es mucho más complejo que eso, porque saber cómo jugar las cartas involucra cierta madurez mental, el uso de estrategias y, al final del día, de la misma suerte con la que uno nace.

Palabras finales

Hay muchas otras ideas de Sartre que no trabajé en esta nota.

Su frase “El infierno son los otros”, otra de sus esenciales, tiene implicancias interesantes. La dejé de lado porque es más bien paralela a sus ideas fundamentales. Pueden revisar lo que hay detrás de este concepto en mi nota sobre su obra dramática A puerta cerrada (No Exit) que analicé en esta otra nota.

Sartre nos invita a ser conscientes de nuestra libertad y a tratarla con responsabilidad. Hay cierta facilidad en el hecho de obedecer ciegamente a una religión, a un gobierno o a un sistema económico. 

El que obedece ciegamente, no necesita pensar por sí mismo. Limitarse a obedecer es cómodo, pero eso no nos diferencia de una silla o cualquier otro objeto inanimado. Eso sí: en el momento en el que nos damos cuenta de que somos libres, comienza el duro proceso de sentir angustia: ¿qué hacemos con esto que tenemos? ¿Qué hacer de nuestra vida, de nuestra libertad?


El filósofo nos invita a reflexionar sobre esta pregunta y lidiar con la angustia que la acompaña indisolublemente. Nos desafía a construirnos a nosotros mismos sabiendo, de antemano, que somos un proyecto que finalizará, inevitablemente, con el día de nuestra muerte.

………………………………………………………………………………………………….


………………………………………………………………………………………………….

 Podés seguir las nuevas notas y novedades (además de humor y críticas de cine) en mi fan-page: http://www.facebook.com/sivoriluciano. Si te gustó, ¡compartilo o dejá un comentario!


Quizás te pueda llegar a interesar...